Foto: Soumen Nath

Históricamente, la tierra y la paja fueron materiales que permitieron construir en antiguas civilizaciones no sólo refugios, sino que también iglesias, palacios, castillos y hasta ciudades enteras. Pero partir del siglo XX, y ante el avance de nuevas técnicas dependientes del cemento y del ladrillo, su utilización fue reemplazada por materiales que necesitan de un gran uso de energía, a la vez que son de difícil reciclaje y, en muchos casos, incorporan elementos tóxicos.

Teniendo en cuenta las ventajas que puede producir volver a construir masivamente viviendas de forma ecológica, mediante la sencillez y propiedades del barro, en Uruguay son cada vez más los habitantes que prefieren hacer uso de ese material y comenzar a habitar un hogar económico, aislado de temperaturas extremas y amigable con el medio ambiente.

Como ocurrió en muchas regiones, la utilización de estos materiales ofrecidos por la naturaleza para construir casas fue algo muy común en este país, sobre todo en el sector rural. A pesar de que con el correr de los años su uso fue perdiendo fuerza, las técnicas fueron transmitidas a lo largo de las generaciones y, a partir de 1990, comenzó a recobrar cierta importancia hasta volverse cada vez más frecuente el desarrollo de esta bioconstrucción.

Desde Tierramérica pudimos enterarnos que, según los cálculos, en los últimos 15 años se construyeron unas 100 casas con estas características en las que tuvieron participación algunos arquitectos, y que otras 100 fueron realizadas por sus propios dueños, sin acudir a técnicos especializados.

Los beneficios de hacer uso de esta bioconstrucción pueden ser muchos: ahorrar energía, disminuir la emisión de gases de efecto invernadero durante su edificación y crear un espacio caracterizado por un ambiente agradable, aislado de temperaturas extremas y de la humedad. Además, al ser posible su autoconstrucción y generación de sus componentes, se vuelven notoriamente más económicas –hoy en día, en Uruguay, su construcción demanda entre 500 y 600 dólares el metro cuadrado, mientras que una casa de hormigón y ladrillos cuesta el doble-.

Algunas limitaciones

A pesar de que los habitantes demuestran mayor interés por este tipo de construcciones, también hay ciertas limitaciones que impiden el avance de esta tendencia. Hoy en día no existe una normativa adecuada, un mercado de venta, ni mano de obra especializada.

“Hay mucha demanda por parte de la población y mucha gente que se ha animado a experimentar, pero las autoridades todavía tienen un poco de recelo, porque aún faltan normas técnicas para los procesos de construcción y tienen miedo a lo experimental”, señaló a Tierramérica la arquitecta Rosario Etchebarne.

Además, Etchebarne explicó que “La bioconstrucción incorpora muchos conceptos de sustentabilidad. La base de todo está en que hay un ahorro de energía (…) Permite un diseño bioclimático, y cada uno puede construir y producir los materiales, por eso es interesante que las políticas públicas promuevan centros de producción del componente, donde la persona, a través de un pequeño acuerdo, pueda hacer sus bloques y así construirse una casa con materiales naturales”.

Sería interesante que se pueda promover y así facilitar este tipo de construcciones para que más cantidad de personas puedan acceder a las mismas sin necesidad de grandes inversiones. Además, se trata de una opción natural y de gran ayuda para el medio ambiente dado que se trata de una forma de producción sustentable.

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